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La reconstrucción de la confianza en la ciencia no puede basarse únicamente en la persuasión

En este ensayo, Hakan Orer examina la erosión de la confianza en la ciencia en un panorama global y político en rápida evolución. Argumenta que restaurar la confianza requiere una transición de la persuasión a la fiabilidad, basada en la responsabilidad ética, la reforma institucional y la solidaridad global.

Esta pieza forma parte de una serie de blogs en los que los miembros del ISC Comité por la Libertad y la Responsabilidad en la Ciencia (CFRS) comparten sus reflexiones sobre la Confianza en la ciencia para el nexo político informe, publicado después de un taller coorganizado por el Consejo Científico Internacional (ISC) y el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, con el copatrocinio de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

El taller reunió a expertos para examinar la compleja dinámica de la confianza en la ciencia en la formulación de políticas y considerar una cuestión central: ¿Hasta qué punto puede separarse la confianza en la ciencia para la formulación de políticas de cuestiones más amplias de confianza en las instituciones democráticas?


Acerca del autor.: Hakan S. Orer Es profesor de Farmacología en la Facultad de Medicina de la Universidad Koç de Estambul. También preside la Academia de Ciencias de Turquía; es miembro del Comité Internacional de Científicos de la UNESCO y del Comité del Consejo Internacional de Científicos para la Libertad y la Responsabilidad en la Ciencia.

El taller del ISC y el JRC sobre Confianza en la ciencia para el nexo político Se enfatizó que la cuestión de la disminución de la confianza en la ciencia no puede interpretarse como una tendencia global uniforme, ni puede aislarse de la erosión más amplia de la confianza en las instituciones democráticas. El mundo está en transición; el fracaso del multilateralismo, combinado con la intensificación de las rivalidades geopolíticas y la rápida circulación de desinformación a través de las redes sociales, ha desestabilizado los fundamentos tradicionales de la autoridad y la experiencia. La ciencia, definida como 'pensamiento humano disciplinado', ocupa una posición paradójica: es a la vez una fuente de esperanza y progreso, pero cada vez más un blanco de sospechas y instrumentalización.

La confianza en la ciencia no es una cuestión abstracta de confiabilidad técnica, sino una búsqueda de las condiciones éticas, institucionales y sociales bajo las cuales se produce, se difunde y se aplica el conocimiento en la formulación de políticas. Para reconstruir esta confianza es necesario reafirmar los valores que dan legitimidad a la ciencia: libertad intelectual, integridad, equidad, responsabilidad y respeto al pluralismo.

Libertad científica y responsabilidad social

Explorar nuevas ideas y desafiar los paradigmas imperantes garantiza la capacidad de autocorrección de la actividad científica, la cual se debe, en mayor medida, a la libertad de pensamiento. La libertad científica es un requisito previo. Sin embargo, como subraya la Declaración Universal de la UNESCO sobre Bioética y Derechos Humanos (DUBDH, 2005), la libertad en la ciencia debe ir acompañada de responsabilidad hacia las personas, las comunidades y la humanidad en su conjunto. Una libertad separada de la responsabilidad corre el riesgo de producir un distanciamiento epistémico, una forma de insularidad en la que la ciencia sirve a objetivos abstractos o intereses estrechos en lugar del bien común.

La legitimidad de la ciencia en las sociedades democráticas depende de su adhesión a los principios de transparencia, rendición de cuentas y equidad. La búsqueda de la verdad es inherente a la ciencia. Sin embargo, existen incertidumbres inherentes al proceso, que conllevan limitaciones (y errores) evidentes. También es necesario tener en cuenta las diversas perspectivas culturales y éticas. Estas consideraciones, junto con la transparencia y la apertura, no son debilidades, sino indicadores de madurez intelectual. La ciencia se vuelve vulnerable a las percepciones de elitismo y manipulación cuando estas se ven sustituidas por una actitud defensiva o exclusividad. que erosionan rápidamente la credibilidad y reforzar narrativas que presentan la ciencia como algo alejado de las realidades vividas por los ciudadanos.

El informe del taller del ISC-JRC también señala que la desinformación prospera en entornos donde la ciencia se percibe como elitista u opaca. Por lo tanto, fortalecer la confianza pública implica no solo corregir las falsedades, sino también aumentar la fiabilidad, haciendo que los procesos de investigación y asesoramiento sean más participativos, inclusivos y éticos.

Los incentivos académicos y el paradigma de “publicar o morir”

Recientemente, la Presión de "publicar o morir" En el ámbito académico se ha creado una nueva cultura autorreferencial en la que el prestigio, la promoción y la financiación se vinculan desproporcionadamente a las métricas de publicación y el número de citas. Esta dinámica fomenta la exclusividad, promueve prácticas de autoría poco éticas, privilegia a instituciones del Norte Global y margina la investigación de relevancia local o social. El resultado es una paradoja: una ciencia que impulsa el conocimiento internamente, pero que externamente parece desvinculada de las necesidades de las comunidades y las naciones.

Estas distorsiones tienen implicaciones de gran alcance para la confianza. Cuando las estructuras de recompensa de la ciencia parecen estar desalineadas con el interés público, los ciudadanos perciben a la comunidad científica como egoísta en lugar de orientada a la sociedad. La Coalición para el Avance de la Evaluación de la Investigación (COARA) ha buscado abordar estos desequilibrios fomentando sistemas de evaluación que reconozcan resultados diversos, incluidos el intercambio de datos, las prácticas científicas abiertas, la educación, la participación en políticas y la colaboración comunitaria.

Por lo tanto, la evaluación de la investigación se alinea con los valores éticos de integridad y responsabilidad. Por lo tanto, no se trata de una mera reforma procedimental, sino de un imperativo moral que implica la presencia humana y restablece la coherencia entre los ideales y las prácticas de la ciencia. Al valorar la participación y la apertura, junto con la excelencia, la reforma en la evaluación de la investigación puede transformar la cultura científica en una que promueva la credibilidad mediante el servicio y la transparencia, en lugar de la competencia y la exclusividad.

Educación ética y cultura institucional

Hace unos veinte años, el informe COMEST de la UNESCO sobre la Enseñanza de la Ética (2003) afirmó que la ética no es un complemento opcional de la formación científica, sino una dimensión constitutiva de la competencia profesional. La conciencia ética debe cultivarse mediante la educación, la mentoría y la cultura institucional en todas las disciplinas. La enseñanza de la ética capacita a los científicos para reconocer las consecuencias sociales de su trabajo y para deliberar sobre los conflictos de valores inherentes a la investigación y la innovación.

Integrar la ética en la educación científica es una herramienta poderosa para fortalecer la responsabilidad colectiva de las instituciones de investigación. Construye lo que COMEST llama a 'cultura de la conciencia ética', donde la reflexión sobre la responsabilidad se convierte en una práctica cotidiana en lugar de un requisito externo. Esta situación puede ser la manera de asegurar la resiliencia contra la desinformación, capacitando a los científicos para comunicar la incertidumbre con claridad y humildad, fomentando la confianza mediante la coherencia moral en lugar de la simple autoridad.

La educación ética también cierra la brecha entre libertad y responsabilidad, garantizando que la autonomía científica no se convierta en aislamiento. Sitúa la investigación científica en un marco humanístico más amplio, recordando a los investigadores que la ciencia sirve a la dignidad y el bienestar de todas las personas.

Las desigualdades globales y el imperativo de la solidaridad

La confianza en la ciencia se ve profundamente afectada por las desigualdades estructurales en el panorama global del conocimiento. El informe del Comité Internacional de Bioética (CIB) sobre Solidaridad y Cooperación (2023) observa que los beneficios científicos y tecnológicos siguen distribuidos de forma desigual entre el Norte Global y el Sur Global. Las persistentes asimetrías en la financiación, la infraestructura y el acceso a los datos refuerzan la brecha entre los productores y los importadores de conocimiento.

Estas disparidades generan diferentes actitudes hacia la ciencia: mientras que los productores consideran la replicación y la impugnación como parte integral del progreso, los importadores pueden interpretar los mismos fenómenos como evidencia de falta de fiabilidad o imposición externa. El IBC destaca que la solidaridad debe materializarse mediante mecanismos de distribución de cargas y beneficios, garantizando una participación equitativa en la producción y aplicación del conocimiento.

La distribución desigual de las vacunas contra la COVID-19 demostró la fragilidad de la solidaridad global cuando la innovación científica se desvincula de la justicia distributiva. De igual manera, la imposición de marcos diseñados externamente —por ejemplo, en la gobernanza de la inteligencia artificial— corre el riesgo de reproducir la dependencia epistémica y la alienación cultural.

El Artículo 13 de la DUBDH enfatiza la solidaridad y la cooperación como fundamentos éticos del progreso científico, mientras que el Artículo 24 insta al diálogo internacional y al desarrollo de capacidades para reducir las desigualdades. Estas disposiciones nos recuerdan que la confianza en la ciencia no puede prosperar en condiciones de injusticia estructural. Por lo tanto, fomentar la confianza implica fomentar alianzas equitativas, reforzar las iniciativas de ciencia abierta y apoyar programas de desarrollo de capacidades que permitan a todas las naciones participar significativamente en la creación global de conocimiento.

Confianza, política y ética del compromiso crítico

La formulación de políticas basadas en la evidencia, en medio del conflicto de intereses, va más allá del uso de datos precisos o el consenso de expertos. Los responsables de la toma de decisiones pueden usar la ciencia como arma para generar oposición o para que las decisiones parezcan imperativas. Por otro lado, cuando los líderes políticos afirman "seguir la ciencia", a menudo pasan por alto los juicios de valor inherentes al asesoramiento científico. Por lo tanto, se requiere una relación de responsabilidad ética entre la ciencia, las políticas y la sociedad. Las políticas basadas en la ciencia deben, por lo tanto, permanecer abiertas al escrutinio ético y a la deliberación democrática.

El cultivo de la confianza crítica —la confianza en los procesos científicos, combinada con la conciencia de sus límites— ofrece una base más sostenible para la interacción entre ciencia y políticas que la fe ciega o el escepticismo. Los principios bioéticos proporcionan la brújula normativa para esta relación: honestidad, beneficencia, justicia, autonomía, solidaridad e integridad. Incorporar estos principios en la práctica investigadora, la evaluación académica y la gobernanza permite que la ciencia conserve su legitimidad como empresa tanto intelectual como moral.

De la confianza a la confiabilidad

Reconstruir la confianza en la ciencia no puede basarse únicamente en la persuasión. Requiere que la ciencia se vuelva demostrablemente confiable: abierta, justa, inclusiva y éticamente autorreflexiva. Los desafíos interrelacionados de la desinformación, la inequidad y la politización no pueden ser resueltos únicamente por científicos o legisladores, sino mediante un compromiso renovado con las normas éticas y la solidaridad global, con una mayor participación de la sociedad en su conjunto.

Como han enfatizado tanto el IBC como la COMEST, la ética debe permear las estructuras de la educación, la evaluación y la gobernanza. El mantenimiento de la libertad científica, el fortalecimiento de las instituciones científicas y el fomento de la solidaridad y la cooperación transfronteriza no son solo aspiraciones profesionales; también son imperativos éticos que deben abordarse. Solo incorporando estos principios, la ciencia puede cumplir su contrato social y guiar la formulación de políticas en un mundo en transición marcado por la incertidumbre, la interdependencia y las crecientes desigualdades.


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