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Salvaguardar la integridad científica en democracias frágiles

En este comentario, Jorge Huete-Pérez reflexiona sobre la relación entre la integridad científica y la resiliencia democrática, basándose en la experiencia reciente de Nicaragua. Argumenta que, en democracias frágiles, defender la autonomía y los fundamentos éticos de la ciencia es esencial para mantener la confianza pública y una gobernanza basada en la evidencia.

Esta pieza forma parte de una serie de blogs en los que los miembros del ISC Comité por la Libertad y la Responsabilidad en la Ciencia (CFRS) comparten sus reflexiones sobre la Confianza en la ciencia para el nexo político informe, publicado después de un taller coorganizado por el Consejo Científico Internacional (ISC) y el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea, con el copatrocinio de la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos.

El taller reunió a expertos para examinar la compleja dinámica de la confianza en la ciencia en la formulación de políticas y considerar una cuestión central: ¿Hasta qué punto puede separarse la confianza en la ciencia para la formulación de políticas de cuestiones más amplias de confianza en las instituciones democráticas?


Acerca del autor.El Dr. Jorge A. Huete-Pérez es actualmente profesor del Programa de Ciencia, Tecnología y Asuntos Internacionales (STIA) de la Escuela de Servicio Exterior Edmund A. Walsh de la Universidad de Georgetown. También es Secretario de Relaciones Exteriores de la Academia de Ciencias de Nicaragua y miembro del Comité del ISC para la Libertad y la Responsabilidad en la Ciencia.

En democracias frágiles, la confianza en la ciencia es inseparable de la confianza en las instituciones democráticas. Cuando los gobiernos manipulan o suprimen la información científica con fines políticos, erosionan no solo la confianza pública en la ciencia, sino también los cimientos de una gobernanza basada en la evidencia. La experiencia de Nicaragua ilustra cómo la integridad científica se convierte en un pilar fundamental, y a menudo en peligro, de la vida democrática.

Durante la pandemia de COVID-19, el gobierno optó por la negación y la negligencia en lugar de la transparencia y la rendición de cuentas. Las autoridades ignoraron las directrices internacionales, restaron importancia a la gravedad de la crisis y restringieron el acceso a los datos sanitarios. Los científicos que cuestionaron estas políticas fueron silenciados o desacreditados. En este contexto, la confianza pública en las instituciones científicas se volvió inseparable de la desconfianza generalizada en las instituciones estatales. La ausencia de datos oficiales fiables amplificó la desinformación, la confusión y el miedo.

En medio de este clima de represión, la Academia de Ciencias del país, junto con otras sociedades científicas, emergió como un referente de integridad y servicio público. Estas organizaciones defendieron la libertad científica y la responsabilidad ética a pesar de la intensa presión política y el riesgo personal. Al emitir análisis independientes sobre salud pública, sostenibilidad ambiental y educación, demostraron que la ciencia confiable se basa no solo en la precisión técnica, sino también en la valentía moral y la responsabilidad social.

El compromiso de la Academia con la integridad científica es anterior a la pandemia. Un momento decisivo se produjo en 2014, durante los debates sobre el Proyecto del Canal Interoceánico, un megaproyecto propuesto como alternativa al Canal de Panamá. El gobierno otorgó amplias concesiones para un proyecto que amenazaba el lago Cocibolca, la mayor reserva de agua dulce del país, y extensas áreas de biodiversidad. La Academia realizó y difundió evaluaciones científicas independientes que revelaron los posibles daños ambientales y sociales del proyecto. A pesar de la hostilidad oficial, esta transparencia le valió a la Academia un amplio respeto público y profundizó el reconocimiento ciudadano de la ciencia como un bien público.

Estas experiencias demuestran que la confianza en la ciencia florece cuando los científicos actúan con integridad, incluso sin protección institucional. En democracias frágiles, donde el control político puede distorsionar fácilmente las narrativas científicas, las academias independientes, las universidades y las colaboraciones internacionales son guardianes vitales de la verdad y la rendición de cuentas.

Estas lecciones subrayan que fomentar la confianza en la ciencia requiere más que simplemente abordar la desinformación: exige defender la autonomía de la propia ciencia. Cuando los científicos defienden la transparencia, la imparcialidad y la responsabilidad, salvaguardan no solo su propia credibilidad, sino también los valores democráticos que sustentan una sociedad informada.


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Imagen por Connie de Vries on Unsplash

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